Las hostilidades entre cristianos y musulmanes en el reino de al-Andalus condicionaron la organización de las ciudades y villas al cobijo de fortalezas amuralladas, junto a ríos o sobre colinas.

Constaban de uno o varios recintos de murallas, a cierta distancia del castillo, con varias torretas o atalayas. Los gruesos muros de mampostería, estaban coronados por almenas, desde las que se arrojaba todo tipo de proyectiles y se lanzaba aceite o pez hirviendo al enemigo. La torre del homenaje, en uno de los costados de la alcazaba, era el recinto principal. Además de servir de plazas de vigilancia y defensa, los castillos sirvieron de almacén de alimentos y de prisión, como cuentan numerosos romances y leyendas. Hoy aún perviven muchas de estas fortificaciones, como las de Úbeda, Jimena, Píñar, o Baños de la Encina, por citar sólo algunas. Como curiosidades, la Torre del Homenaje de Porcuna, donde estuvo prisionero Boabdil tras la batalla de Lucena, y el castillo de Jódar, el más antiguo de la Península.

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